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Personajes de mi pueblo!

El Negro Kobé

 

Por Franklin D. López, former United Press International and The Associated Press News-writer.

El color del corazón de un ser humano es más importante que el color de su piel!”– Matshona Dhliwayo

 

 

Tenía quizás 8 0 9 años. En ese tiempo los niños nos soltaban en confianza como “perritos realengos” a jugar en nuestro entorno sin miedos ni temores. Iba a la escuela pública caminando desde segundo grado. Las clases en la escuela Fernando Roig  terminaban a las 200 PM y nos soltaban a jugar, y mi amigo Freddie López- Malavé y yo nos ibamos a explorar el Pueblo. En la salida hacia San Lorenzo desde Las Piedras estaba lo que en esa época llamaban el “campo Santo” el cementerio Municipal. Allí conocimos al “Negro Kobé” el sepulturero del cementerio.  Uno de nuestros mejores amigos lo fué el Negro Kobé, enterraba a ricos y a pobres independiente de su color de piel.  Era un hombre fornido alto, robusto. Siempre bien vestido con una camisa de Kahki de tela gruesa,para minimizar el fuerte sol  con ligas de gomas en las mangas. Tenía una risa  fuerte que se hacía sentir, y su imagen imagen  siempre acompañada de una sonrisa escandalosa, con una dentadura del más puro y brillante calcio, era inolvidable. Mis hermanos y amistades lo usaban para provocar miedo. Pretendian usarlo como un arma de miedo. Sin embargo, mi padre me enseñó a ganarme su amistad. Siempre me avisaba de los entierros de nuestros Veteranos, y Freddie y yo, no nos pediamo ni uno de esos entierros por las vistosas ceremonias militares que se hacian y los disparo de rifles cuyos casquillos recogiamos como recordación del evento.

Mi “Huckeberry friend”, Freddie López y yo veiamos en el Negro Kobe un transportista que nos llevaba a mundos y experiencias desconocidas. EL Negro Kobé tenía algo de magia. Tenía un repertorio de cuentos e historias interminables.

Nos contaba de las veces que en un entierro, el muerto o la muerta “despertaba” de su ataque de epilesia y los que llevaban el féretro lo soltaban cómo pájeros cuando escuchan un disparo.En aquellos tiempo s no habia un Intituto de Ciencias Forenses ni se exigian autópsias mandatorias. Debido a que el cementerio era pequeño mucha veces disponian de los cadaveres ya en osamenta para darle espacio a nuevos “residentes”.

Todos los jueves, temprano en la tarde, Kobé visitaba los Almacenes de Felix López-Figueroa, de mi abuelo ubicados en Las Piedras en la salida para San Lorenzo., KOBE era adoración con mi padre, quién le adelantaba sus comestibles. Vivía en un pequeña casucha, ubicada en el “campo santo” cementerio de Las Piedras,  con una letrina en su parte trasera y ungrifo de agua ubicado a una altura poco más de 6 pies que le servía de baño.Tenía una pequeña estufa de gas líquido de dos hornillas,  donde se preparaba y calentaba sus alimentos.

Llegaba vestido con una camisa gruesa de Khaki, de esas que se usan en trabajo de puro sol.Siempre llevaba una ligas que para aguantar el largo del brazo de la camisa y unas enormes botas, que fueron una vez negras pero el trabajo duro de sepurturero municipal las pintó de múltiples colores de lodo y barros. Era un hijo de esclavos africanos que fueron secuestrado en lo que hoy es Mali y traidos a America para trabajar aquellas tareas no muy aptas y saludables para los del color de la piel  blanca. Le llamaban el “negro Kobé.” Su escandalosa risa seguía luego de con su voz profunda me decía ;

“Ven acá mijito que te voy a ‘tizna” decía con su gran sonrisa! seguido de un tsunami de risas.

 

Kobé era mi amigo y muy amigo de mi padre. Cuando murió mi abuela Eudosia RIvera en 1954 Kobé fué quien contrató el cuarteto de las “lloronas” que rezaban el rosario durante la novena y lloraban como si le hubiensen dado el número ganador del primer premio de la Loteria y no lo jugaron. Vestian de absoluto negro y sus ojos se mantenia fijos cuando actuaban su gran pena y dolor. Kobé no scontaban cuentos e historias que el presenció en su vida. No dijo que en el Barrio Montones Tres velaban a un fallecido muy conocido en el barrio y el “cuarteto de las lloronas” estaban en un casi extasis cuando el fallecido soltó un gas que sonó como el deisparo de un ruidoso revolver. Al escuchar el ruido que se hizo sentir ellas se miraron una a una y salieron corriendo como cuándo se espanta los “changos” de algún lugar no deseados. Tambien nos contó de varios entierros en dónde el muerto era cargado por el pueblo a su lugar de reposo y en medio del camino el muerto comenzaba a patalaar en el ataud. Los que llevaban el féretro lo soltaban al piso como si hubiense recibido una descarga eléctrica y los dolosos salian corriendo despavoridos. EN esos tiempos no hacian autopsias manadatorias como en el presente ni existia el Instituto de Ciencias Forenses. Sabe Dios cuántas personas fueron enterradas con severos ataques de epilepsia que parecian estar muertos.  Nos reimos hasta casi morir!

Siempre me alertaba de los entierros de soldados fallecidos en la guerra de Korea, las que no me perdía y siempre iba con mi “Huckleberry friend “ Alfredo “freddie López Malavé”  La ceremonias aunque tristes eran impresionante con su guardia de Honor y los tiros de soladados impecablemente vestidos para rendir el merecido respeto al fallecido como a toda su familia. al disparar al aire, los rifles expulsaban los cartuchos de la balas “blancas” , los cuáles Fredie y yo los recogiamos y luego los canjeabamos  con nuestros amigos por frutas y otras delicias de la época. El negro Kobé era el sepulturero de pobres y ricos.Virtudes de una época, su fornido cuerpo, formado por innumerables excavaciones a puro pico y pala, habia acorazado su cuerpo con más de 275 libras evidenciaban su duro trabajo de romper la tierra, para hacer hoyos de 6 a 8 pies de profundidad. Era un hombre honesto, amable,humilde y modesto y generoso. Le comprabaa “maría “la Boba” un yunta de riquísimos pasteles por 35 centavos. No sentabamos en las tumbas de hormigó a difrutar los sabores de Maria!  Eran otros tiempos.  Eran otros tiempos, con gente humilde y trabajadora  de mi pueblo de quienes aprendí a traavés de sus experiencias de vida lo duro que puede ser, especialmente los menos afortunados y menos educados. La vida continua pero recordándo a los que nos enseñaron los caminos de luchas de  existir siempre vivirán en nuestro recuerdo y nunca mueren. Seguimos!